CALENDARIO AZTECA

miércoles, 6 de junio de 2007

VIENTOS DE AGUA

Pues para una vez que en la tele ponen una serie que puede ayudar a que la xenofobia se vaya ya olvidando, la cambian de hora y la ponen un viernes de madrugada, para que no la vea nadie.
Dos historias de emigrantes, de un español y un argentino, que puede servir para que la gente recupere la memoria y se acuerde que los españolitos también tuvimos que irnos a bucarnos la vida, donde pudimos. Que la gente se de cuenta que nadie abandona su lugar por propia voluntad, que si no se tiene que comer, se va y se hace lo que sea. Nadie le puede reprochar nada a alguien que viene para poder comer, para poder tener una casa, pero muchos lo hacen con la excusa de que nos van a quitar el trabajo, tiene cojones.
Yo tengo el recuerdo de cuando era muy pequeña no creo que tuviera más de siete u ocho años, cuando un verano visitando las pocas ruinas que quedan de la dehesa donde nació mi madre, de la cual apenas quedan cuatro piedras y el campanario de la iglesia, que resiste el paso del tiempo y al abandono forzoso del que fue un hogar para muchas personas. Estando allí apareció un coche, con una matrícula extraña para mi, era francesa. Del coche bajo un hombre de unos 75 años aproximadamente, nunca he sido buena para calcular edades.
Y junto a él supongo que su familia, sus hijos y algún nieto.
Al bajar del coche dio unos cuantos pasos lentos y se detuvo, y una lágrima se deslizó por su pómulo.
Mi madre como yo le estamos observando, yo pensaba que eran extranjeros ya que los que debían de ser su familia hablaban en francés, pero entonces mi madre se acercó a él y todavía no sé como, pero mi madre le saludo por su nombre, le conocía, hacía unos cinquenta años que ese hombre se había ido de Otero (así se llama esa dehesa) a emigrar, a buscar pan porque allí no lo había y no habia vuelto. No entiendo como mi madre le pudo reconocer, tendría la edad que tenía yo en ese momento cuando el hombre se fue de España.
Pero lo que más recuerdo fueron esos pocos minutos en que el hombre se detuvo y miró esas cuatro piedras que quedaban. En sus ojos se podía ver la historia de su vida.
Ya nada quedaba allí parecido a como él lo vió por última vez cuando apenas si tenía veinte años.
Ese señor tuvo su nueva casa, su nuevo hogar, su nueva familia, estoy segura que no lo paso bien, pero estaba vivo y entero.
Ahora estoy segura que él o todos los que hayan tenido que emigrar por una u otra razón, o todos los que conozcan sus historias, no podrán negarle la mano a nadie que este en situación.
Por ello veía importante esa serie, para que conozcamos esas dos historias y aprendamos que la tierra no es de nadie, que nosotros estamos de paso, que es de todos.
Cuando te levantas una mañana en el campo y miras por la ventana, y ves un trozito de monte, no sé quién puede llegar y decir este cacho es mío y aquí no entra nadie, ¿por qué? no tiene ningún sentido, todos deberíamos aprovechar todo sin propiedad, pero bueno eso es otra historia.
Que se acaben ya las fronteras,que en el mundo cabemos todos, a ver si de una vez por todas nos damos cuenta.